miércoles, 9 de marzo de 2011

El poder y los peligros de la lengua

Reflexiones sobre Santiago 3:1-12


El capítulo 3 de Santiago es la más extensa exposición bíblica acerca del cuidado que debe tenerse al hablar. Bien puede decirse que su contenido es una franca exhortación pastoral, con el propósito de corregir la conducta en el uso del lenguaje en la comunidad cristiana. El lenguaje arrogante, jactancioso, ofensivo, no debe tener cabida en la iglesia. Los vv. 1-12 hablan de la actitud que los cristianos (especialmente los maestros) debían asumir frente al poder de la lengua. En cierto modo, es un mensaje a los maestros de la iglesia. Se presenta una clara exhortación a tener cuidado en la comunicación, tanto en el discurso público como en la conducta de los líderes. Los vv. 1-12 hacen hincapié en el poder de las palabras, por lo que debe tenerse cuidado al hablar; mientras que los vv. 13-18 hablan más de la conducta de los maestros.

Los vv. 1 y 2 hablan del riesgo que corren los maestros de ser juzgados severamente por lo que dicen (y cómo lo dicen) al pretender enseñar a otros. Los vv. 3-6 presentan una serie de ilustraciones para mostrar el problema del poder de la lengua, el poder que se esconde en las palabras que pronunciamos. Y los vv. 7-12 presentan una franca y argumentada exhortación para que controlen el uso de la lengua. El mensaje de Santiago es que los que quieran ser maestros de la Palabra deben entender que asumen una tremenda responsabilidad, pues deben ser ejemplo de lo que enseñan. Si fracasan, su condenación es más severa.[1] El cuidado ha de estar no sólo en lo que dicen y cómo lo dicen, sino en la manera como viven la fe que proclaman. Santiago, pues, está preocupado tanto de la disciplina mental, como de la disciplina moral, social y relacional de los maestros en la iglesia.

¿Cuál es el contexto de Santiago 3:1-12?

Aunque Santiago habla básicamente a los que pretendían ser maestros en la iglesia, su mensaje acerca del poder y los peligros de la lengua puede aplicarse a todos los creyentes. Este no es el único texto donde Santiago habla de la lengua. Por ejemplo, en aconseja a sus lectores que deben ser prontos para oír y lentos para hablar. En les recuerda la necesidad de refrenar la lengua en la práctica de la religión: Hablen y pórtense como quienes han de ser juzgados por la ley que nos da libertad. En los exhorta a que no hablen mal unos de otros. En 5:9 los aconseja que  no se quejen unos de otros y en 5:12-18 les presenta una variedad de maneras como puede ser usada la lengua tanto para bien personal como para bien de los demás en la comunidad de fe, especialmente que confiésense unos a otros sus pecados, y oren unos por otros, para que sean sanados.

¿Cómo está estructurado el texto de Santiago 3:1-12?

Aunque la NVI tiene este texto en cuatro breves párrafos (vv. 1-2, 3-6, 7-8 y 9-12), debido a su contenido parece mejor seguir la división de la RVA, que presenta el texto en dos párrafos: vv. 1-6 y 7-12.

¿Cuáles asuntos se presentan en Santiago 3:1-12?

Hay básicamente dos asuntos que Santiago presenta en este texto. Los dos están estrechamente relacionados con el liderazgo en la iglesia, especialmente con los maestros.

1. En los vv. 1-6, Santiago exhortó a los que pretendían ser maestros de la Palabra de Dios en la iglesia, para que tuvieran cuidado con lo que enseñaban y la manera como lo hacían, pues eran responsables delante de Dios. Presenta la seriedad del asunto no solamente porque ellos tendrían que dar cuentas, sino porque eran vulnerables al error y a la mala conducción de las personas en la iglesia. Por lo tanto, los que pretendían ser maestros en la iglesia debían tener cuidado con lo que enseñaban y cómo lo hacían.

2. En los vv. 7-12, Santiago indica que los que pretendían ser maestros de la Palabra de Dios debían ser suficientemente humildes para reconocer sus limitaciones. Se presenta la lengua como incontrolable y peligrosa, pero a la vez muestra que era necesario tenerla bajo control porque de ella dependía el curso de la vida de las personas. Por lo tanto, los que pretendían ser maestros en la iglesia tenían la obligación de controlar su lengua, aunque era difícil hacerlo.

¿Cómo se desarrollan estos conceptos en Santiago 3:1-12?
En estos versículos hay una exhortación a usar tanto el lenguaje verbal como el no verbal, las palabras y la conducta en conformidad con la sabiduría que proviene de Dios. En el capítulo dos, Santiago habla de vivir la fe sin hacer distinción de personas (2:1). En el capítulo tres invita a sus lectores a vivir la fe sin arrogancia y con la humildad que da la sabiduría que proviene de Dios.

Los vv. 1 y 2a son la base de todo el argumento del texto (vv. 1-12) y presentan una exhortación a los que pretendían ser maestros en la iglesia, de modo que se dieran cuenta del compromiso que asumían al presentar la Palabra de Dios al pueblo. El v. 2b es una reflexión acerca de la importancia de tener control de lo que pensamos y decimos.[2]

El mensaje es muy directo: No pretendan muchos de ustedes ser maestros (v.1).[3] La exhortación implica que la posición de maestro era algo codiciada[4] y que al parecer se había pervertido, o a lo menos se habían desviado los objetivos. Advierte sobre la carga de responsabilidad que tienen los maestros: seremos juzgados con más severidad. El texto no dice nada de las falsas doctrinas proclamadas por estos maestros, de modo que al parecer este no era el problema. Junto con la exhortación, hace la observación de lo vulnerable que somos los seres humanos, lo cual hace que tropecemos muchas veces: Todos fallamos mucho (v. 2a). ¡Cuánto más fallarán los maestros con su lengua, ya que tienen que hablar en muchísimas ocasiones!

El control de la lengua es una prueba del carácter de la persona. A primera vista, Santiago pareciera plantear la impotencia del ser humano ante el poder de la lengua, pero en realidad no es así; lo que sugiere es que es necesario controlar la lengua para poder controlar la vida (v. 2b). Esto es posible sólo cuando se orientan los pensamientos conforme a la sabiduría de lo alto, a través de la obediencia a la Palabra de Dios. La vida de una persona es gobernada por la voluntad, el corazón, el intelecto. Las palabras, no son más que el reflejo o expresión del pensamiento.

Lo que Santiago quería era la integridad y madurez de los maestros en la iglesia, de modo que sus dichos y sus hechos fueran consecuentes. Si tenían control de sus pensamientos, tendrían control de sus actos. El hincapié principal de Santiago está en aquellos que querían ser maestros, pero su exhortación respecto a la lengua puede aplicarse a todos los creyentes en la iglesia. El problema planteado referente a los maestros no era la falsa doctrina, sino la arrogancia (pretender ser mejores) y la falta de coherencia entre lo que decían y lo que hacían (comp. v. 13).

En los vv. 3-5, Santiago continúa el pensamiento acerca de la persona perfecta del v. 2, capaz de controlar todo su cuerpo. Presentan tres ilustraciones de la importancia de controlar la lengua. Las tres hacen hincapié en las grandes cosas que puede hacer un pequeño instrumento, según sea el uso que se le dé, ya sea para bien o para mal. Un pequeño freno puede ser usado para controlar un brioso caballo, un pequeño timón puede controlar una gran embarcación en medio de los mares embravecidos y una sola chispa de fuego (el uso de la lengua) sin control puede destruir un gran bosque. Quien tenga el control del freno, dominará al caballo; quien tenga el control del timón, conducirá el barco; quien tenga control de su lengua, tendrá en control su vida y podrá ayudar a los demás.

El v. 3 presenta la primera ilustración: Cuando ponemos freno en la boca de los caballos para que nos obedezcan, podemos controlar todo el animal. Esta ilustración hace hincapié en la importancia de atacar el problema en su esencia. Si una persona controla su lengua, controla todo su cuerpo, controla su vida.[5] El punto de Santiago es éste: de la misma manera como el caballo puede ser controlado mediante un freno en su boca (algo bastante pequeño en relación con el caballo), así la persona podrá controlar sus actos (su conducta) si aprende a controlar su lengua.

La ilustración del v. 4 referente al pequeño timón de un barco: Fíjense también en los barcos. A pesar de ser tan grandes… se gobiernan por un pequeño timón a voluntad del piloto. Esta habla de lo que es capaz de hacer la persona con su vida cuando la lengua está bajo su control. Según el contraste que se presenta en los vv. 4 y 5, el pequeño timón del barco es como la lengua en nuestro cuerpo (nuestra conducta).[6] ¡La lengua debe estar al servicio del cuerpo y no el cuerpo al servicio de la lengua!

El v. 5 presenta la tercera ilustración habla de la gran destrucción que puede hacer una pequeña: Imagínense qué gran bosque se incendia con una pequeña chispa. Mediante ésta se advierte sobre el problema de la lengua sin control, que hace alarde de grandes hazañas. La jactancia era, precisamente uno de los problemas de los maestros a quienes Santiago se dirigía. Ellos, como consecuencia de los celos amargos y las contiendas, habían caído en este pecado (comp. 3:14). Santiago les advierte sobre el peligroso poder destructor de la lengua: ¡Imagínense qué gran bosque se incendia con tan pequeña chispa! Pero así como el barco grande es controlado a voluntad del piloto por el control que tiene del timón, la vida debería ser controlada por un acto de voluntad de la persona que controla su lengua. Por supuesto, la sola voluntad no es suficiente, pero tenemos las directrices de la Palabra de Dios[7] y el poder del Espíritu Santo.

En la comparación con las ilustraciones presentadas, en el v. 6, Santiago habla de una manera más precisa y directa, acerca del poder que tienen los pensamientos y las palabras (la lengua) para afectar la vida de una persona.[8] En este texto Santiago amplía figura de la lengua como una chispa que incendia un gran bosque, para impactar a los lectores, y afirma: la lengua es un fuego, un mundo de maldad. Junto con ésta, hace otras declaraciones que hablan de la naturaleza perversa de la lengua: contamina el cuerpo entero, prende fuego al curso de nuestra vida y es inflamada por el mismo infierno. ¡En cuántos problemas podemos vernos envueltos por causa de nuestra lengua: por lo que decimos y la manera cómo lo decimos! Por eso, es necesario tener control de la lengua.

Los vv. 7-12 constituyen la segunda parte del texto. Aunque fuera algo difícil para una persona controlar su lengua, los que pretendían ser maestros en la iglesia tenían la obligación de hacerlo. Se presentan dos planteamientos con respecto a la lengua, que eran motivo para que los maestros estuvieran alerta. Los vv. 7 y 8 indican que la lengua era incontrolable y los vv. 9-12 hablan de la incoherencia de la lengua como algo que no debía ser. Este último pensamiento se refuerza mediante dos ilustraciones tomadas de la naturaleza: el agua de un manantial y el fruto de una planta.

En los vv. 7 y 8, Santiago muestra cómo el ser humano ha sido capaz de domar la naturaleza externa (física), pero no ha podido dominar la naturaleza interna (su lengua, su conducta) que siempre tiene presente como una amenaza.[9] Santiago concluye que la lengua es un mal incontrolable, llena de veneno mortal (v. 8). ¡El ser humano tiene dentro de sí su propio enemigo! En verdad, el ser humano no tiene otra alternativa que humillarse delante de Dios, tal como Santiago lo presentará en el capítulo cuatro.

En los vv. 9-12 Santiago muestra lo inconsecuente que es la lengua, pero esto no debe ser así. Estos versículos contienen básicamente dos ideas. En los vv. 9 y 10 se presentan unas evidencias de la inconsecuencia de la lengua y en los vv. 11 y 12 se presentan dos ilustraciones para reafirmar lo absurdo de tal inconsecuencia.

En estos versículos Santiago vuelve al pensamiento referente a la necesidad de que haya coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos (vv. 9, 10). En este caso, habla de lo contradictorio que es el hecho que con nuestra lengua bendecimos y con ella también maldecimos (v. 9). De esta contradicción e inconsistencia se desprende la exhortación: Hermanos míos, esto no debe ser así (v. 10). Así que, a pesar del problema, Santiago es optimista.

Las dos preguntas del texto (vv. 11, 12) conforman dos ilustraciones de lo absurdo que es esa vida de dos caras que ha presentado en los versículos anteriores. De un manantial no brota agua dulce y amarga (v. 11); ni tampoco una planta produce un fruto de otra naturaleza que no sea el de ella (v. 12). Así tampoco, de una misma boca no debe salir bendición y maldición. Sin embargo, allí estaba precisamente la inconsecuencia de la lengua: De la misma boca sale maldición y bendición.[10] Por lo tanto, los que querían ser maestros debían aprender y asimilar esta verdad: debe haber coherencia entre los pensamientos y las acciones, entre los dichos y los hechos, entre la fe y la práctica de la fe.[11]

¿Cuáles son los principios que se derivan de Santiago 3:1-12?

1. Los maestros de la Palabra de Dios deben tener cuidado con lo que enseñan y la manera como lo hacen. El ministerio de la enseñanza ha tenido un lugar relevante entre los cristianos desde los primeros días de la iglesia. Santiago enseña que los maestros en la iglesia somos responsables ante Dios de la manera como afectamos a nuestros oyentes con lo que enseñamos.

2. Los que pretenden ser maestros en la iglesia tienen la obligación de controlar su lenguaje, aunque esto sea difícil de hacer. Por una parte, los maestros de la Palabra de Dios debemos ser suficiente humildes para reconocer que también tenemos limitaciones y podemos equivocarnos en lo que decimos y cómo lo decimos. Por otra parte, es necesario luchar para ser lo más fiel y transparente posible en la enseñanza de la Palabra de Dios. Necesitamos cultivar la humildad y la sinceridad como maestros de la Palabra de Dios.

¿Cómo pueden aplicarse los principios de Santiago 3:1-12?

1.  Por una parte, los maestros en la iglesia deben tener cuidado de reflexionar bastante sobre lo que van a enseñar y la manera como lo harán. Esta es una gran responsabilidad, porque lo que digan y cómo lo digan hará un efecto negativo o positivo sobre sus oyentes. Por otra parte, los oyentes deben ser vigilantes para evaluar a la luz de la Palabra de Dios lo que escuchan de sus líderes en la iglesia. La próxima vez que predique un sermón o presente una enseñanza, siéntese a reflexionar para evaluar el efecto que hizo. Una manera de hacer esto puede ser invitar a dos o tres hermanos unos cuatro o cinco días después de su presentación que ellos evalúen con usted los efectos de su enseñanza. Si usted es el oyente (no el predicador) reflexione sobre el contenido y la forma del mensaje. Escriba unos comentarios al respecto. Si lo creen conveniente compártalos con el predicador (pastor o maestro) que lo presentó.

2. Todos aprendemos constantemente. ¡Los maestros también somos alumnos! A veces aprendemos de nuestros aciertos y otras veces aprendemos más de nuestros errores. Por eso, es importante que nos evaluemos constantemente para avanzar en lo que estamos haciendo bien y para rectificar lo que podemos hacer mejor. Si usted es predicador, dedique un tiempo, unas horas, para que reflexione y evalúe lo que usted ha estado enseñando y la manera como lo ha hecho durante el último año. Trate de responder lo más sinceramente posible esta pregunta: ¿Cuáles han sido los resultados? Identifíquelos con claridad y haga oración al Señor según sea el caso. Si usted no es maestro, sino uno que recibe enseñanza, evalúe la enseñanza que ha recibido en los últimos tres meses. ¿Se ajustan de verdad a lo que enseña la Palabra de Dios? ¿Qué lo hace pensar así? Escriba unos comentarios al respecto.

3. Aunque el mensaje del texto estudiado es una exhortación directa a los maestros en la iglesia, todos los cristianos somos responsables delante de Dios de lo que decimos y como lo decimos. Lo que afirmamos con nuestras palabras debe mostrase en nuestra conducta. Ese es el cuidado que Santiago quiere que tengamos. Todos debemos reflexionar sobre lo que decimos y cómo lo decimos, a fin de avanzar en el desarrollo de la vida cristiana de una manera coherente. Tenemos que reflexionar acerca de cuánto bien o cuánto mal podemos hacer con nuestras palabras y cómo las decimos. Nuestras palabras deben ser para edificación no para destrucción. Pensando en esto, reflexione sobre su vida: ¿Cuánto edifica a los demás con lo que usted dice y como lo dice? Escriba un breve comentario al respecto. Haga oración sobre la base del comentario que escribió.


[1]Santiago habla de un juicio más riguroso. Esto no se refiere al juicio final sobre los seres humanos, sino más bien a la actitud que asumen las personas ante los líderes que actúan mal.
[2]En cierto modo el v. 1 advierte sobre un peligro particular de los maestros y el v. 2 advierte sobre un peligro universal que se extiende a todas las personas.
[3]El don de la enseñanza es un gran privilegio, pero es a la vez una gran responsabilidad. El Nuevo Testamento habla acerca del don de enseñar (Romanos 12:7; 1 Corintios 12:28) y con claridad indica que el pastor es también un maestro (Efesios 1 Timoteo 5:17). El don de la enseñanza es un gran privilegio, pero es a la vez una gran responsabilidad.
[4]Algo parecido es el planteamiento del apóstol Pablo más tarde en relación con los pastores (comp. 1 Timoteo 3:1 Si alguno anhela el obispado, desea buena obra. Pero... [RVR60]). Jesús también había hecho una advertencia similar a los dirigentes del pueblo de Israel (Mateo 23:8).
[5]El sabio Salomón dio su veredicto sobre el poder de la lengua: En la lengua hay poder de vida y de muerte; quienes la aman comerán de su fruto (Proverbios NVI). El comentario de Pablo en Gálatas también se relaciona con el mismo asunto.
[6]No importa cuán fuerte, impetuoso y embravecido sea el mar de la vida, si hay control del timón, el “barco” llegará a puerto seguro.
[7]También en el control de nuestros pensamientos, de lo que decimos y cómo lo decimos, es necesario que seamos hacedores de la Palabra. Siempre está latente la chispa que enciende el fuego.
[8]Si una persona repite muchas veces una mentira, finalmente termina asumiéndola como verdad.
[9]Es asombroso ver lo que el hombre moderno es capaz de hacer mediante la ciencia física y las comunicaciones; pero es triste ver la realidad moral del hombre contemporáneo. Mientras que parece haber gobernado al mundo físico, él mismo se hunde en el caos de la inmoralidad y la ausencia de valores.
[10]Esto es similar al hombre de doble ánimo presentado en 1:8 y la fe sin obras de
[11]Este es el argumento de los vv. 13-18 en este mismo capítulo.

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